Porqué no pago mis impuestos

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Este es el testimonio de un ciudadano anónimo que explica sus razones para la . Se trata de una forma de ver las cosas que representa una alternativa ética frente al consenso colectivista y estatalista en el que casi todos los países se hallan inmersos.


Pagar todos los impuestos sin resistencia ni oposición alguna no es solamente una manera estúpida de tirar a la basura el dinero que tanto cuesta ganar, sino un acto de sumisión al poder colectivista y, por tanto, de traición a los individuos, incluido uno mismo. Hace unos años circulaba en Francia un eslogan publicitario impreso en todo tipo de adhesivos, llaveros y encendedores: “Yo pago mis impuestos”.

Y junto a la dichosa frasecita siempre se encontraba la foto sonriente de un ciudadano “de bien”, de esos con los que a todos les gusta identificarse. Pues bien, para quienes creemos en la autodeterminación individual y en la soberanía irrestricta de cada persona sobre sí misma, el eslogan mencionado debería provocar una mezcla de tristeza y furia.

Tristeza porque quien pronuncia la frase se cree muy leal a sus conciudadanos o muy solidario y en realidad no está sirviendo a esos altos fines sino tal vez a los contrarios. Furia porque el colaboracionismo de esa persona, sea o no consciente de ello, nos perjudica a todos al darle al enemigo más poder, más argumentos y más dinero con el que seguir vigilando cada uno de nuestros pasos y cada uno de nuestros centavos.

Hoy, amparado en el anonimato por obvias razones, quiero hacer una confesión: “yo no pago mis impuestos”, al menos en la medida de lo posible. Y lo digo con tanto orgullo como las personas de las fotos que acompañaban la frase opuesta. Y con tanta convicción como ellos de estar sirviendo al bien común.

Yo no pago “mis” impuestos porque no son “míos” sino que, precisamente, alguien me los ha “impuesto”, y como nací libre y me considero un individuo soberano de mi vida, no acepto tal imposición ni reconozco siquiera la capacidad del Estado, democrático o no, para llevarse mis bienes. Son unos tributos que se basan en la coacción ya que por no pagarlos puedo perder mis legítimas propiedades, mi buen nombre y hasta mi libertad física (riesgo que pese a todo es menor, para mí, que el de perder mi dignidad al cumplir con semejantes obligaciones). No los pago porque prefiero gastar o invertir ese dinero de la manera que yo elija, incluso para ser solidario en la medida de mis posibilidades contribuyendo a organizaciones privadas de asistencia y cooperación.

No los pago porque, lejos de ser un monstruo asocial, me enorgullezco de ser un miembro económicamente activo de mi comunidad y quiero que todos mis conciudadanos independientes o con pymes, tengan la oportunidad de trabajar, comerciar y salir adelante, cosa que el actual sistema de impuestos y el estatalismo económico dificultan.

No los pago, además, porque los impuestos que el Estado colectivista me presenta son injustos y arbitrarios al estar sujetos a la progresividad en lugar de ser proporcionales a la base imponible, y porque son en cualquier caso mucho más elevados de lo necesario para mantener las funciones que sí corresponden al Estado o incluso la atención a los más necesitados (y, por tanto, si los pago estaré fomentando la continuidad de la injerencia del Estado en cientos de áreas y funciones que no le son propias, coartando así la libertad y la espontánea autoorganización de la gente).

No los pago, especialmente, porque no participé del supuesto “contrato social” que los “legitima” y, como no firmé tal pacto ni soy por tanto parte del mismo, no me considero obligado a regirme por lo que en él se disponga, sea lo que sea, y me conduciré, en cambio, por los dictados del sentido común, de mi conciencia y de mi humilde saber y entender.

Y además de todos los argumentos racionales que tengo para no pagar, tengo también uno arracional que me parece igual de importante: no los pago porque no quiero, porque no me da la gana. Y esto debo explicarlo: si algo tan profundo en mi fuero interno —y en el de miles de personas— me dice que pagar está mal, que no es correcto ni bueno para mí ni para la sociedad, si algo tan poderoso en mí se resiste a esta obligación, por algo será. También el instinto forma parte de nuestra personalidad como seres humanos, y el instinto de conservación de la propiedad que uno tiene es una de las motivaciones más primarias y efectivas de la conducta humana.

No es mucho lo que tengo ni lo que gano, y al no pagar impuestos asumo el riesgo de la acción represiva del Estado e incluso un riesgo peor: el de ser despreciado por quienes no me comprenden. Sería más fácil pagar, y seguramente no representaría un quebranto insoportable de mi economía doméstica, pero me sentiría súbdito en lugar de ciudadano, esclavo de una máquina de poder estatal tan desmedida y sobredimensionada que ha perdido su razón de ser y ya no sirve a nuestros intereses sino a los suyos propios.

Sería un colaboracionista y un traidor a mis ideas, y me haría acreedor de algo peor que la acción represiva del Estado o el desprecio de quienes no me comprendieran: mi propio autodesprecio y el de aquellos que piensan como yo.

Cuando miles de jóvenes se rebelan contra el servicio militar y optan por la objeción de conciencia o la pura y simple insumisión, gran parte de la sociedad les apoya porque se da cuenta de que esta obligación es injusta. Pues yo proclamo la objeción a la obligación tributaria y ofrezco mi apoyo moral y mi aplauso a cuantos den un paso al frente y declaren con valentía su insumisión fiscal.

Ojalá seamos cada día más y podamos unirnos para decir “basta” y obligar al Estado a dejarnos en paz. En palabras del escritor estadounidense , cuyo ilustre nombre he tomado como pseudónimo, declaremos pacíficamente la guerra a Hacienda y vivamos lo más alejados de ella que sea posible.

A estas alturas del artículo, la mayoría de mis lectores ya me habrán tachado de bicho raro, de temerario o de soñador. Para quienes no lo hayan hecho, y sobre todo para quienes se vean reflejados en mis palabras, tengo algunas reflexiones que compartir.

La primera, que si piensan como yo deberían actuar en consecuencia, porque pocas cosas en esta vida producen tanta satisfacción interior como obrar conforme a lo que uno piensa.

La segunda, que es necesario liberarse de todo sentimiento de culpa y que una de las mejores formas de hacerlo es, también, una de las mejores formas de lograr que progresen las ideas de libertad económica: hacer apostolado, gritar a los cuatro vientos que los impuestos son un abuso, que carecen de toda base ética, que además son un medio ineficaz de conseguir objetivos alcanzables desde la acción espontánea de la sociedad, y que perjudican a todos pero muy especialmente a la amplia y temerosa clase media que los paga sin rechistar.

Que, en definitiva, evadirse del pago de impuestos no es —como se nos presenta— una maldad propia de avaros millonarios (éstos tienen tanto que no suele importarles perder un poco de dinero pagando a la burocracia estatal gracias a la cual han cimentado en muchos casos sus fortunas), sino una necesidad del hombre y la mujer comunes y corrientes.

Es una necesidad porque las cantidades a pagar son inmorales y porque con ellas nos dan unos servicios mediocres y gastan en cosas inútiles, cuando no se las reparten entre los políticos mediante mil y un mecanismos de corrupción.

Hoy existen muchas fórmulas de autodefensa frente a la confiscación legalizada de nuestras propiedades. Hay miles de bancos seguros y discretos en decenas de paraísos fiscales, donde se puede constituir también sociedades libres de impuestos por cantidades al alcance de cualquier trabajador medio, y además lo tiene usted todo en su escritorio: sólo tiene que conectarse a Internet. Así, los servicios offshore ya están al alcance de todos.

La tercera reflexión es que hoy en día la insumisión fiscal está cada vez más al alcance de todos, gracias a la revolución de las telecomunicaciones, la de la economía y la proliferación de inversiones en bienes tangibles y otras muchas fórmulas de protección del patrimonio frente a la depredación gubernamental. Y la última de estas reflexiones es que la unión hace la fuerza y cuantos más seamos quienes logremos escapar del pulpo fiscal más fácil será que algún día podamos entre todos cortarle los tentáculos y herirlo de muerte.

Es decir, la insumisión fiscal no sólo le beneficia a usted sino a todos, ya que evidencia el fracaso del sistema y acelera el proceso que obligará a los políticos a aceptar por fin la separación de Estado y economía igual que ya tuvo que aceptar la separación de Estado y religión.

Artículo de: miskuentas

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