La constituye un ciclo completo de singulares celebraciones en las que, a la liturgia cristiana, le siguen representaciones creadas por la tradición. La fe del viejo catolicismo, el deseo escondido de manifestar la intensa devoción de un pueblo que vive en un tiempo marcado por los claros sonidos de sus campanas, convierten esos ocho días en un espacio religioso en el que se dan la alegría y el dolor, la tristeza por el sufrimiento de la Virgen y la muerte de Cristo, y la felicidad desbordante por su resurrección.


La ciudad se convierte en centro de peregrinación de devotos que llegan de los pueblos más lejanos de la costa, la sierra y la selva. Muchos de ellos efectúan “pascanas” – descansos – en los pueblos del camino. Estas caravanas hacia Huamanga hacen surgir numerosas ferias en las que se realizan activas transacciones para la compra y venta de ganado, artesanías y productos manufacturados. La semana Santa anuncia su llegada desde el Viernes de Dolor, siete días antes del Viernes Santo.

En esta celebración, los ayacuchanos y los forasteros acuden a la parroquia de Santa María Magdalena para la procesión de la Virgen de los Dolores. La llegada del Domingo de Ramos marca el efectivo inicio de la Semana Santa y es el día de la bendición de palmas en los templos parroquiales. En las primeras horas de la tarde ingresan a la Plaza de Armas tropeles de asnos portando “chamiza” – retama seca – que de deposita cerca de la Catedral para ser quemada el Domingo de Pascua.

semana-santa-en-ayacucho-2

 

De la Iglesia de Santa Teresa, a las tres de la tarde, sale una imagen de Jesús que, montando en un burro blanco, revive la entrada en Jerusalem. Camino a la Plaza de Armas, Cristo es recibido triunfalmente por el pueblo que, habiendo esperado todo el año esta fecha, acude multitudinariamente agitando palmas. El encanto de la fiesta es realzado por la belleza de las alfombras de flores multicolores extendidas sobre las calzadas. Antiguamente las palmas eran traídas desde el Apurímac por el mayordomo de la fiesta que las repartía entre los fieles.

El Cristo Yacente también acompaña a los fieles ayacuchanos (y sus visitantes nacionales y extranjeros) durante las celebraciones religiosas de Semana Santa. Ambas imágenes son paseadas durante la multitudinaria procesión en la cual se manifiesta el profundo sentido cristiano de los ayacuchanos

Acabada la celebración y después de bendecidas por el Obispo, ocupaban un lugar preferencial en las casas para que sus especiales poderes preservaran a la familia de los males. En Domingo de Ramos se efectúa asimismo en la Catedral la primera “reseña”. Esta ceremonia es una de las más originales de estos días. Una larga alfombra con diversos motivos ornamentales se extiende por el pasadizo central desde las últimas bancas hasta el presbiterio.

Delante del altar mayor, un sacerdote vestido de manta y capuchón negro sostiene una bandera negra con una cruz granate. En el templo, los fieles recogidos en profundo silencio, contemplan cómo el sacerdote agita la bandera hacia uno y otro lado y efectúa diversos movimientos: avanza lentamente hacia el altar, se arrodilla manteniendo el pendón vertical, retrocede de espaldas, lentamente hasta el borde de los peldaños o agita el pabellón dando cara a las naves.

Lo escoltan dos acólitos con vestiduras blancas y moradas mientras dos cantores entonan una monocorde melodía de dramático acento acompañados de las graves notas de un pequeño órgano. En el transcurso de esta ceremonia, el abanderado se dirige por el pasadizo hasta la altura de las primeras filas de bancas y allí, dando frente al mar, agita la bandera a derecha e izquierda haciéndola flamear sobre los fieles. Tradición de larga data, recuerda las ceremonias funerarias romanas en las que se preparaba un túmulo sobre el que se colocaba el cuerpo de un general victorioso muerto en batalla.

Sobre él se agitaba una bandera – la “reseña” – honrándolo por haber muerto venciendo al enemigo. El cristianismo de los primeros siglos recogió esta ceremonia interpretándola como un homenaje a Cristo pero vencedor de las fuerzas del mal. El lunes hay misas, y en el Templo de la Buena Muerte se efectúa la procesión de la imagen de Jesús en el Huerto de Getsemani. El martes, desde las primeras horas de la mañana, se suceden los oficios religiosos ofreciéndose en la Catedral una Misa Solemne y un Canto de la Pasión.

En la tarde la ciudad se vuelca a confesarse en las iglesias y, en la noche, asiste a la procesión del Señor de la Sentencia. El miércoles el día del “Encuentro”. Se ofician dos grandes misas solemnes – en Santa Clara y en la Catedral – y se lleva a cabo la última reseña. En la noche, acompañado de la tribulación del pueblo, sale de Santa Clara el Jesús Nazareno, fina escultura de dramática expresión y bellas facciones. Vestido de rica túnica granate con hilos de oro confeccionada por las religiosas de clausura, es llevado en hombros por las hermandades, al compás de bandas que entonan lentos cantos procesionales.

Por otras calles marchan hacia la Plaza de Armas las imágenes de la Virgen Dolorosa, San Juan y la Verónica. La multitud, vestida de negro y portando cirios ilumina las callejuelas de la ciudad mientras el ambiente, con el humo de las velas, el recogimiento y la interior expectación, se hace denso de majestuosidad y carisma. Esta procesión – que es una de las más impresionantes de la semana – revive el encuentro de la Madre Celestial con su Hijo en el camino del Calvario. Estas bellas imágenes tradicionales son cargadas en andas adornadas de centenares de delgados y largos cirios encendidos.

semana santa en ayacucho 2

Semejan naves sobre un oleaje de rostros en los que las llamas de las velas producen claro-oscuros de extraño y peculiar movimiento. Ya en la plaza, la Verónica se aproxima a Cristo y las dos andas se inclinan, para que la buena mujer limpie la sangre y el sudor del rostro del Salvador. Como una representación de otros tiempos la Verónica de dirige al anda de San Juan para anunciarle que ha estado con Cristo. Luego enfila a una de las esquinas de la plaza para participárselo a la Virgen.

Ansiosos por encontrarlo, se dirigen al Mesías y se produce entonces un curioso juego en idas y venidas de andas que simboliza que se está tratando de encontrar el camino. No faltan comentarios de la feligresía acerca de esta situación. Al fin, la Virgen encuentra a su Hijo y se revela el momento más dramático de la noche: las andas se inclinan como si las imágenes se saludaran con hondo respeto, quedando en esta posición largo tiempo. Después del encuentro las andas vuelven a sus iglesias acompañadas de los fieles sobrecogidos por estas escenas.

Al día siguiente – jueves – se efectúa la misa pontifical de la consagración de los Santos Oleos y, en la tarde la misa en memoria de la Ultima Cena. Finalmente en la noche se guarda una de las viejas costumbres tradicionales de la ciudad: la adoración nocturna para caballeros en el templo de la Compañía de Jesús. El Viernes Santo, con la procesión del Señor del Santo Sepulcro, se ahonda aún más el dramatismo. En el crepúsculo se reúnen en el Templo de Santo Domingo las autoridades eclesiásticas y civiles, así como los notables de la ciudad llevando gruesos cirios que encienden al momento de salir acompañando a la imagen yacente.

Es el día más recogido del calendario. Entre la multitud, muchas personas se arrodillan al paso del féretro de cristales dentro del cual, iluminado yace el Salvador sobre un lecho de rosas blancas. Le sigue la Virgen Dolorosa acompañada por las damas de la ciudad vestidas de riguroso luto. La procesión y la hermandad de cargadores avanzan al compás de bandas y coros que entonan viejas composiciones barrocas. Un organillo, que se coloca cada cierto tramos en las calles, pone una curiosa nota a esta procesión que, a paso lento, da la vuelta a la Plaza Mayor para volver a Santo Domingo.

Este día es notable para la ciudad por el sermón de las Siete Palabras – tradición de origen peruano – a cargo de algún excelente orador sagrado que durante tres horas interpreta las palabras de Cristo en la Cruz. El Sábado de Gloria se efectúa en la Catedral la bendición del nuevo fuego y la misa de Vigilia. Horas más tarde, a las cinco de la mañana del domingo, la tristeza del pueblo se transforma en regocijo cuando las campanas empiezan a tocar a rebato con los primeros resplandores del sol. La multitud que ha esperado toda la noche en la Plaza de Armas deja escapar un asombrado murmullo al ser abiertas las grandes puertas de la Catedral cuyas naves resplandecen con las luces de las velas.

Del interior surge entonces un anda piramidal, blanca y deslumbrante a la luz de los cirios y el brillo de las cenefas, en la cumbre de la que está una imagen de Cristo resucitado. Con el ingenio propio de los pueblos del Ande y dentro de la teatral herencia del barroco, la efigie está sustentada en un sencillo mecanismo que hace que descienda y desaparezca cada cierto tiempo dentro del anda para reaparecer poco después en una espectacular versión del significado de la resurrección.

Se entiende que esta representación está emparentada con el afán de enseñanza apostólica mediante la imagen que fue preocupación primordial de los evangelizadores del Virreinato. Al terminar su periplo por la plaza entre la explosión de cohetes, la quema de la chamiza y la fantasía de los fuegos artificiales, el anda vuelve a la Catedral concluyendo en esta apoteosis de alegría la gran festividad.